A estas alturas de la travesía, han hecho acto de presencia una serie de nombres que ya no nos resultarán desconocidos a partir de ahora. Odyssey Marine Exploration, Mel Fisher, Sea Hunt Inc., 1715 Fleet-Queens Jewelry, Brent Brisben o IMDI, permanecerán ligadas de manera indisoluble a nombres como Nuestra Señora de las Mercedes, Nuestra Señora de Atocha o el Juno y la Galga. Pero de lo que no nos debe caber ninguna duda es que estos nombre serán sinónimos de expolio y peligro para el patrimonio cultural sumergido. Y es que todos estos nombre son los de algunas de las empresas y “empresarios” que se han dado a conocer por los procesos de expolio de diferentes pecios a lo largo y ancho del mundo.

expolio

Mel Fisher

Cuando hablamos de estos casos, nos debemos detener en un aspecto clave. Nos encontramos ante empresas, cuya finalidad, obviamente, es la de obtener un rendimiento económico. Las extracciones y campañas de expolio llevadas a cabo por las empresas suponían una fuente de beneficios enorme, ya fuese de manera directa que indirecta. Y es que debemos tener en cuenta que gran parte de estas compañías cotizan en la bolsa, lo que supone que cada descubrimiento que hacen viene ligado a un incremento enorme del valor bursátil de las acciones con el consiguiente aumento de los beneficios. Pero no solo eso. Los expolios atraían a gran cantidad de inversores, que a cada extracción, aportaban mayor cantidad de dinero con el fin de verlo transformado en mucho más con el paso del tiempo. Lo costoso de las campañas de excavación (de miles de dólares al dia durante largos periodos, aumentado por la sofisticación cada vez mayor de la tecnología usada), hacia que este sistema se mantuviese inalterado a lo largo de décadas.

Uno de los aspectos que caracteriza a estos piratas modernos es la destrucción que generan en los yacimientos subacuáticos con sus prospecciones. Puesto que su único objetivo es sacar a la superficie aquellas piezas de mayor valor (por lo general de oro y plata), llevan a cabo una intervención dañina de los pecios que supone la destrucción de estos como yacimiento arqueológico y por tanto de la posibilidad de llevar a cabo estudios serios y pormenorizados de los pecios en caso de que sea oportuno.

schmitt tesoro

Familia Shmitt posa con un tesoro hallado en Florida

Y esto resulta cuanto menos irónico cuando estas empresas y sus propietarios, declaran por activa y por pasiva que su única intención y objetivo primario es el de la recuperación del patrimonio cultural sumergido con el fin de que la sociedad pueda disfrutar del mismo. Con ello, es fácil desentrañar como articulan el negocio del expolio estas compañías, y sobre todo es muy indicativo de que concepción sobre el patrimonio tienen, basada en la destrucción, el lucro y la mercantilización del mismo.

Con todo, no toda la culpa y la crítica debe recaer sobre las empresas. Y es que si su labor sigue adelante es porque existen espacios de poder que o bien toleran estas actividades (cuando no las financian) o bien no presentan leyes contundentes y claras para la protección del patrimonio (cuando no se las saltan directamente). En muchas ocasiones, la labor de las empresas cazatesoros es facilitada por los gobiernos sudamericanos que favorecen la intervención de estas empresas con el fin de beneficiarse de la intervención, aunque bien es cierto que muchas veces, las poderosas empresas se aprovechan de la debilidad e indefensión de estos países para intervenir en las prospecciones arqueológicas. También hay estados de EEUU como Florida que favorecen al intervención en sus costas de estas compañías. Basta con recordad el caso de los Schmitt y de la empresa 1715 Fleet-Queen Jewelry que tiene los derechos de explotación sobre las costas del estado americano. Esto sucede porque muchas veces, son los propios estados lo beneficiados de la recuperación de esos tesoros, puesto que se quedan con un porcentaje bastante jugoso de lo extraído.

Contra todo esto, y es digno de recalcar, la situación esta cambiando poco a poco. La actual socialización del patrimonio, la toma de conciencia por parte de la sociedad de la necesidad de conservación del patrimonio, así como el implacable avance de la legislación (ya sea internacional, nacional o derivada de organismos como la UNESCO), esta haciendo cada vez más difícil la labor de las compañías cazatesoros. Tal es asi que empresas como Odyssey han presentado unas perdidas de cerca de 200 millones de dólares en 2015. A esto se debe añadir, sin duda alguna, las sentencias firmes en los contenciosos legales que el Estado español mantuvo contra alguna de las compañías, y que acabaron dando la razón a España, declarándose a favor de la conservación y en contra del expolio.

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